Gustave Flaubert nació en Ruán, ciudad de Normandía un 12 de diciembre de 1821. Su padre era médico pero la precaria salud del joven Gustave lo obligó a desertar de su carrera como abogado para dedicarse de lleno a la literatura. Tal vez, en el fondo, ambas sean la misma cosa.

Reclutado entre los autores del Realismo, la obra de Flaubert afortunadamente transgredió esas fronteras litigiosas que los docentes trazan continuamente por razones de economía didáctica. Si bien su obra fundamental, “Madame Bovary” (1856) retrata la mediocre vida provinciana con puntilloso tedio y naturalidad hasta la obsesión del detalle, estas “Tentaciones de San Antonio” están muy lejos del naturalismo desde el mismo planteo del tema: la Tebaida de los principios del Cristianismo, la vida de un anacoreta en el desierto y las tentaciones figuradas en personajes fantásticos que de pronto aparecen como esplendores y se diluyen como sombras. El mismo Flaubert, abogado frustrado, recusó a sus obras por ser el resultado de la “agonía del arte”. Un Tribunal de Ruán fue más específico, y llevó al ámbito de un proceso judicial al autor y al editor por considerar a la adúltera “Madame Bovary” como una obra obscena e inmoral, acusación de la que salió indemnizado por el rápido éxito de la novela.

Abandonó estudios y carrera por la fragilidad de su salud y, como dicen en España: “hombre enfermo, hombre eterno” vivió sin contratiempos sanatoriales, viajó por Egipto, Turquía, Grecia e Italia. Marruecos le inspiró “Salambó” que es una obra histórica situada en Cartago.

Sin embargo, sigue pareciéndome que las “Tentaciones” es la obra que más descubre y encubre al señor Flaubert. Sabemos que trabajaba con meticulosidad sus textos, puliéndolos como quería Benvenuto Cellini con sus bronces: “restándole, en cada limadura, una pizca de sí mismo”.

Como el Perseo perfecto de Cellini, la “Tentaciones” revelan la sutileza de un lenguaje en el que cada palabra ocupa el sitio exacto para escribir con belleza todo el arco cromático de las humanas pasiones. Evidentemente, esta combinación de armonías, como la música, resiste hasta las traducciones que muchas veces terminan produciendo el naufragio de obras que en la lengua original deslumbran y en una traducción pierden todo contacto con su fuente de luz.

Primero, es grato reconocer que estas “Tentaciones” descubren una obra de colosal erudición que nos traslada a la época dorada de una fe naciente, cuando el hombre todavía creía que podía redimirse en otro mundo despreciando este precario valle de lágrimas.

Obra de colosal imaginación, lo que significa crear con imágenes ideas que difícilmente se pueden transmitir, conservando la belleza, con otras ideas, como hacen los diccionarios: devoción, deseo, espíritu, templanza, vigor, virtud, pecado.

Pecado: transgresión voluntaria de preceptos religiosos, reduce el diccionario. Tal vez el Obispo de Meaux, J.B. Bossuet, en cierta homilía, desplegó más elegancia al predicar que “el mal del pecado, que se halla tan presente, no es sensible; y, por el contrario, el mal del infierno, su consecuencia, que es tan sensible, no es presente”.

Gustave Flaubert, el retratista de la realidad que se hizo tedio en las “Costumbres provincianas” deja volar el ánima en las “Tentaciones”. El naturalista vuelve de trecho en trecho; acecha en párrafos íntegros para regocijar nuestros sentidos llenándolos de impresiones casi palpables: “El mantel de Biso estriado como las vendas de las esfinges, produce por sí mismo unas ondulaciones luminosas. Hay encima enormes trozos de carne roja, grandes pescados, pájaros con sus plumas, cuadrúpedos con sus pieles, frutas de coloración casi humana; y trozos de hielo blanco, y jarros de cristal color violeta que intercambian sus destellos. Antonio ve, en el centro de la mesa, un jabalí echando humo por todos sus poros, con las patas dobladas bajo el vientre y los ojos a medio cerrar”.

Las “Tentaciones” vuelven al tiempo del Cristianismo de los primeros siglos, cuando la teología, y no el tedioso fútbol, era el deporte de las gentes. En sus páginas contienden Clemente de Alejandría con los Carpocracianos, que igualaban al Cristo con Sócrates y Pitágoras; Marción de Sínope, que enseñaba que Jahveh era un dios subalterno, con los Priscilianistas que aseguraban que el mundo fue creado por Satanás. Diez siglos de arduos esfuerzos para casar la fe con la razón están espejando estas páginas.

No se escapó de las letras de Flaubert ni la pasión ni el odio que la religión enciende entre los hombres. Con Antonio en el árido desierto lleno de calamidades, el hombre vuelve a sentirse solo frente al cosmos; y vuelve al viejo deseo de llenar esa soledad con símbolos.

La literatura es el símbolo más precario que conocemos y sin embargo, también es capaz de resistir los acechos del tiempo.

 

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