[1]. ADVERTENCIA

 

“Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?” (JORGE LUIS BORGES, “La Biblioteca de Babel”).

 

[2]. LA ARBITRARIEDAD, LA PRODUCTIVIDAD Y EL DESPLAZAMIENTO

 

En la década de 1940, el lingüista Charles F. Hockett (máximo exponente del estructuralismo  estadounidense) postuló la lista original de las propiedades del lenguaje humano (design features of human language). Más allá de que a esa lista se le fueron añadiendo modificaciones propuestas por otros especialistas de la lengua, las propiedades de la lengua se clasifican en propiedades de la señal y del proceso. Las propiedades de la señal se subdividen en físicas (el canal vocal-auditivo, la transmisión irradiada, la percepción direccional, la evanescencia y el carácter discreto), simbólicas (la semanticidad y la arbitrariedad) y estructurales (la dualidad y la productividad). Asimismo, las propiedades del proceso se subdividen en inherentes (la especialización y el desplazamiento) y las relativas a los participantes (el intercambiabilidad de roles, la retroalimentación total y la transmisión cultural).

Los primeros tres apartados del “Manual de gramática histórica” (que Concepción Company Company y Javier Cuétara Priede publicaron en el 2007 por medio de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México), además de definir qué es una lengua natural y sus rasgos definitorios, qué es un cambio lingüístico y las diferencias entre gramática histórica interna y externa, trabaja ejemplificando cada uno de estos conceptos y relacionándolos en varias oportunidades con la literatura. De esas menciones, el nombre propio que rescato es el de Jorge Luis Borges y a partir de ello el objetivo de este trabajo es establecer una serie de relaciones entre el texto teórico del “Manual” y tres cuentos del escritor argentino, todos del libro “Ficciones” (Sur, 1944). Desde esta perspectiva particular, resultan de  fundamental interés tres de los rasgos que definen una lengua natural: la arbitrariedad, la productividad y el desplazamiento.

BORGES Y LAS PROPIEDADES DE LA LENGUA

BORGES Y LAS PROPIEDADES DE LA LENGUA

En lo que respecta a la arbitrariedad, rasgo según el cual las dos caras del signo (significado y significante) se relacionan entre sí de manera puramente convencional y, asimismo, el signo en su totalidad con la cosa o referente que nomina poseen la misma relación arbitraria, el nombre de Borges surge, brillante. Los autores apelan al cuento “Funes el memorioso”: el cuento narra la historia de Ireneo Funes, un muchacho del ámbito rural que se cae de un caballo y queda  físicamente tullido pero dueño de una percepción y memoria casi absolutas. Ahora bien, que la relación entre la palabra y el significado sea arbitraria es, en gran medida, lo que nos permite abstraer, establecer relaciones disímiles entre los conceptos, de alguna manera “olvidar” el significado impuesto, jugar con el significado. Para Funes, el personaje borgeano, cada cosa es única e irrepetible, percibe cada objeto como un fenómeno precioso y de una densidad casi intolerable. Asombrosamente, traslada esos rasgos a las palabras. Se queja del lenguaje, que ahora le parece pobre e incapaz de nominar nada. Ha despojado al lenguaje del rasgo de arbitrariedad: “No sólo le costaba comprender que el signo genérico perro tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)”.

Reflexiona (concluye) el narrador: “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”.

En cuanto a la productividad, rasgo asociado al hecho de que la lengua es, ante todo, una herramienta de creación, y que con un número finito de unidades lingüísticas básicas podemos disponer de un repertorio casi infinito de palabras que nos permiten comunicarnos, el texto de Borges que viene inmediatamente a la memoria es el cuento “La biblioteca de Babel”.

El relato postula una biblioteca absoluta, homologada al universo mismo (de hecho, el texto se tituló originalmente “La biblioteca total”, publicado en la revista “Sur”, en 1939). Mientras que los autores del “Manual de gramática histórica” nos recuerdan que “la creatividad que proporciona el rasgo de productividad no es ilimitada, ya que está sometida a normas lingüísticas, reglas y pautas vigentes dentro de una comunidad lingüística”, Borges en “La biblioteca de Babel” borra (muy borgeanamente) esas prescripciones y sentencia: “Yo afirmo que la biblioteca es interminable”. De los venticinco símbolos ortográficos del idioma que postula (a las veintidós letras del alfabeto le agrega el punto, la coma y el espacio) el narrador desprende todas las posibilidades combinatorias, ad infinitum. Hay libros incomprensibles, imposibles: uno consta de cuatrocientas diez páginas de la inalterable secuencia M C V. Pero el narrador no pierde la fe en que todo significa algo: “En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto”.

Podríamos aseverar que “La biblioteca de Babel” es la parábola de la productividad del lenguaje proyectada hasta las últimas consecuencias: el último escalón de ese camino es, evidentemente, la imposibilidad de comunicarse, de comprenderse, Babel. Así, Babel, el origen de las múltiples lenguas y de la dispersión de los hombres en diversas comunidades sobre la tierra, es también, al cabo de los siglos y de los ciclos, la meta de ese camino: el final de la historia es la incomunicación.

Finalmente, acerca del desplazamiento, rasgo del lenguaje según el cual no se requiere tener el objeto enfrente para poder hablar de él, podemos relacionarlo con el relato de Borges “Tlön, Uqbar, Orbius Tertius”. Este texto nos plantea un mundo distópico, indeseable, donde un universo alternativo va invadiendo progresivamente nuestra realidad,  reemplazándola, desplazándola. Y aquí, en menor medida, relaciono al rasgo del desplazamiento con el de la prevaricación, esto es, la capacidad de mentir, de desplazar la relación esperada entre significado y significante: “somos capaces de crear o inventar realidades inexistentes”, dicen los autores del “Manual de gramática histórica”.

Borges, nuevamente, lleva ese rasgo hasta el límite de sus posibilidades, lo lleva a extremos desaforados. Primero, enfocando la lectura en el rasgo del desplazamiento (la posibilidad de aludir a una cosa u objeto ausente al momento de nombrarlo) es muy notable el hecho de que el cuento inicia con los personajes de Borges y Bioy Casares hablando y reflexionando sobre un libro que no está, el tomo ausente y acaso inexistente de una enciclopedia. Sobre ese volumen está construido el relato, así se descubre la invasión de ese mundo artificial (Tlön) en el mundo real. El desplazamiento es cada vez mayor, hay cada vez más alusiones y pistas de ese mundo invisible: conversaciones, citas, manuales de historia, de geografía y de lingüística. Otra vez, podemos decir que “Tlön…” es la exacerbación de un rasgo del lenguaje, el desplazamiento: los personajes (el lenguaje) comienza a aludir tanto acerca de lo que no está acá ni ahora, que termina hablando de un mundo y de una realidad absolutamente alternos.

Para finalizar esta fugaz lectura, al reflexionar sobre los rasgos definitorios del lenguaje y confrontarlos con los textos borgeanos, percibimos cabalmente cómo esos rasgos son los que permiten que podamos comunicarnos. Sin la totalidad de esos rasgos y sus interacciones, correríamos el riesgo de ser los personajes de uno de los cuentos citados de Borges. Solitarios, incomunicados, ajenos a todo concepto de comunidad, tal vez como Funes, “el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso”.

 

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