En tiempos de civilizaciones antiguas, los hombres buscaban el camino que los condujera a alcanzar la verdad. Se decía que con la verdad se podía vivir en armonía con lo que nos rodeaba. Los jóvenes también eran centro para la instrucción y se acercaban a los líderes naturales de esas comarcas. Aquellos que habían aprendido a manejar el tiempo de la vida diaria y meditaban frecuentemente bajo los árboles frondosos que crecían por los alrededores, en una relación de equilibrio con la naturaleza. Y allí, formando una rueda, aglomerados en torno al maestro elegido de ese día, buscaban respuesta a sus inquietudes y aclaratoria para sus dudas.

Cierto día, varios de ellos, de los más avanzados por su dedicación al estudio y al desarrollo espiritual, caminaban junto a uno de esos sabios de la comunidad, mientras le planteaban sus preocupaciones.

 

            ¡Maestro!, lo llamaron.

            -Para llegar a la verdad, los hombres tienden a tomar distintos caminos. Muchos han intentado adentrarse y he aquí que, al ir avanzando, las antorchas que llevaban para alumbrarse en el camino y que creían inextinguibles, se apagaban. Dejándolos en la más completa oscuridad -dijo uno.

           ¡Ilusiones! -dijo el maestro.

            -Otros, al encaminarse, cayeron en las tentaciones, bajas pasiones y vicios que se asomaban de trecho en trecho, quedándose perdidos en los brazos de esas acechanzas -dijo otro aprendiz.

            ¡Debilidad! -expresó el maestro.

            -Hubo quienes por querer llegar a como diera lugar saltaron las reglas y normas establecidas que rigen el comportamiento humano y en esas transgresiones de las vías por andar, se estrellaron contra un muro de contención. Perdiéndose en medio de la nada -siguió otro.

            ¡Ambición! -señaló el maestro.

            -Pero hubo los que perseveraron en su empeño contra todo pronóstico de voces agoreras que se dedicaban a despotricar las acciones que emprendían y lograron continuar y alcanzar a ver la luz resplandeciente que todo lo llena.

-Esos siguieron la senda verdadera -siguió el maestro.

            -Pero, maestro – dijo otro joven discípulo que se había quedado rezagado del grupo andante. Esos que encontraron el camino, dejaron señales para guiarse y, sin embargo, los que estaban perdidos y desorientados no quisieron seguirlas. ¿Qué será de estos últimos? -terminó. Entonces, deteniéndose, el maestro volteó hacia el grupo y les dijo -eso no es lo importante.

A los que vienen detrás, después de dejar los ilusos, los débiles y los ambiciosos, es a quienes hay que guiar. Es a ellos a quienes hay que darles las señales para que las tomen y así podrán seguir la senda verdadera y alcanzar la luz de la sabiduría, con prudencia y en armonía. Concluyó el maestro y alzó su mano en señal de despedida. Todos regresaron a sus ocupaciones del día, y todos llevaban un semblante distinto en sus rostros.

-Se notaba como un tenue resplandor los envolvía-      

 

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