Miguel Antonio Centeno es un hombre ya mayor que cuando se para en la esquina de la calle adyacente a su casa y permanece largo rato callado y pensativo, todo aquel que pasa por allí lo saluda con afecto y consideración. El hombre está viejo y cansado, porque su vida, larga y productiva, ha sido una vida de trabajo, pero también de espera. Esa vida fuerte, de trabajo de campo y hacienda, se muestra en sus manos rudas y ásperas, incapaces, según una primera visión, de llegar a dar caricias. ¡Mentira! Yo lo vi en muchas ocasiones, eso sí, recatadamente, hacer carantoñas a sus nietos.

Es un hombre que, además de trabajar, lo que más le gusta es comentar con entusiasmo sobre la política. Lo digo, porque su única distracción ha sido conversar acerca de los hechos políticos relevantes que últimamente muestran los noticiarios de la televisión. Precisamente, tomando estos hechos diarios empezó a visitarme a mi casa. Una fineza, ya que no es partidario de visitar con frecuencia, más de la debida, a sus vecinos. En esas visitas consuetudinarias yo lo oigo en aquellas conversaciones que nos envuelven acerca de las cosas que ocurren en el país y en el mundo. De esos encuentros, lo confieso ahora, me quedó la satisfacción de haber visto detrás de ese rostro curtido por la brega dura bajo el sol, una ingenuidad pura y honesta.

Pude ver, la limpieza de su alma.

            Nuestro paso por la escuela fue breve. Fuimos a aprender, no más, a leer y a escribir. No había en esos tiempos de niños, grados de estudios para avanzar. Se iba a aprender lo más elemental de la escritura y la lectura. Lo demás estaba reservado para los hijos de los dueños de las grandes plantaciones que se iban lejos, a la capital. Nunca dio de qué hablar dentro del cuadro familiar por hechos bochornosos, como sí lo hicieron algunos de sus hermanos, porque, mientras estos se veían en reyertas de bares y zonas de tolerancias, él se dedicaba al cuidado de su ganado en la pequeña finca que poseía, donde a partir de las primeras horas de la madrugada, ya estaba en las faenas de ordeño, para luego distribuir la leche en algunas casas comerciales del poblado.  Todas las tardes marchaba a reunir el ganado suelto en la sabana, para luego llevarlo al corral y preparar el ordeño madrugador del día venidero. En el invierno se dedicaba a sembrar maíz para su cosecha y venta.

En la nochecita, luego de terminar su faena diaria, salía a caminar. Se arrimaba a la plaza mayor del pueblo y pasaba el rato en compañía de aquellos amigos que, como él, buscaban distraerse de sus ocupaciones habituales. Cuando no se acercaba a mi casa con su visita ya esperada.

             Hoy, ya esos tiempos se fueron. Los hijos se desparramaron cada cual por su propio camino. La pequeña granja desapareció para dar paso a nuevas construcciones. El progreso, dirán algunos. Ahora, cuando por situaciones esporádicas recibe la visita de algunos de sus hijos, se alegra e intenta tomar parte de la conversación, pero las risas y mofas son las respuestas a sus ingenuos comentarios, hasta que termina por meterse en la hamaca de su cuarto, allá en el fondo o sale a la calle, se para en la esquina adyacente a su casa y permanece largo rato, callado y pensativo, recibiendo el saludo de todo el que apura sus pasos. Ya no ve televisión, a veces oye la radio, pero no es lo mismo, porque, además, ya no me encuentro en mi casa para escucharle sus comentarios sobre la novedad noticiosa.

Desde que me vine para acá, no hemos vuelto a hablar. Pero supe que eso va a cambiar.

Quienes permanecemos en este barrio sabemos cuándo algún conocido está por llegar. Es, tal vez, una de las pocas concesiones que se nos da en esta espera y ya supe que llegará pronto a quedarse sin retorno. Por eso, este relato. Cuando llegue, nos sentaremos en noches de luna pálida a hablar de tantas cosas y ponernos entonces al día en las novedades.

Total, en los camposantos, tiempo es lo que más nos sobra para conversar.    

           

 

No more articles