La noche que conocí al diablo pocas estrellas brillaban en el cielo, una brisa fresca bajaba del cerro y unos pájaros nocturnos cantaban en los árboles secos a la orilla del riachuelo. Había bajado hasta la ciudad a destusar los dólares que me envió mi hermano desde la Yuma, siempre envía algo para que me entretenga en estas tierras, dice cuando me llama al celular. Yo le agradezco y extraño sus risas de lobo aullando pero me satisface que gane y nada le falte al bandido. Cuando recibí la remesa en el banco llamé a otros dos amigos del pueblo para que fuéramos a divertirnos el fin de semana, así lo hicimos y nos fuimos los tres en un pick up negro de vidrios polarizados, queríamos bailar, beber, fumar y nos fuimos a un bar donde habían unas putas recién estrenadas en la ciudad, pues era aquel un comajón disfrazado, empezaron a salir las chicas en todo el esplendor de la existencia, ah que mujeres aquellas, le revuelven el alma a uno y lo hacen repetir versos que no sabemos ni inventamos, absorto con la libido exaltada estaba cuando miré entre el grupo una negra pelo pintado con un vestido blanco ajustado que le caía una cuarta arriba de la rodilla, envuelta en una bufanda dorada como lenguas de fuego que le hacía juego con su cabello teñido, sentí deseos de acariciar esa piel de ébano bien formada, que rosara con la mía hasta extraer una mezcla de café con leche, sonaba una pieza de reguetón en el ambiente, caminé hasta donde estaba el disyóquey y le solicité que quitara ese ruido, -esa no es música hombre, te pagaré el doble pero pon rolas del Divo de Juárez o el Chapo de Sinaloa para bailar-, dije.

El chico obedeció esperando que hiciera honor a mi palabra como siempre lo hacía, regresé en busca de la negra, ella me miro sonriente dejando ver entre sus gruesos labios sus dientes color marfil, -vamos al noa, noa, noa, noa, noa, noa, noa, vamos a bailar-, cantó la mujer siguiendo la canción mientras movía sus perfectas caderas cuando me le acerque, yo emocionado me uní a sus movimientos enredándome en su bufanda que quemaba mis sentidos, nos entregamos a la diversión pieza tras pieza sin darme cuenta del paso de tiempo y punto de ebullición dentro de mí, “Una habitación que sea la mejor / con sábanas blancas,/ un ramo de rosas para la ocasión,/ perfume embriagante que voy a tener la noche perfecta / porque hoy una reina se entrega a su rey.” Se escuchaba la canción del Chapo en el bar, sin darme cuenta fui envuelto en una nube de fuego que me incendiaba la piel sin provocarme quemaduras, no me entere cuando llegue a un dormitorio bien acondicionado atrás del local y nos dejamos llevar por el deseo con aquella joven caribeña que me hacía sentir que el diablo me llevara y yo me quería ir con él. –Me caes muy bien y me gustas-, dijo después de haber saciado nuestras pasiones, -pero para mí este es un negocio y no debo enamorarme de nadie, mi necesidad es mayor a mis sentimientos-, la miré con compasión y quise duplicarle el pago por los servicios; -¿Por qué lo haces?-, pregunté, -muchacho ingenuo, desconoces nuestra pobreza y la discriminación que sufrimos en esta maldita sociedad hasta no dejar otra alternativa que coger y vender-, respondió. No quise seguir indagando, le di un beso en su pezón desnudo y salí del cuarto metiéndome la camiseta que me había enviado mi hermano.

En el salón estaban los amigos escuchando canciones del buki, uno de ellos andaba decepcionado porque la novia se le había ido en una caravana para el norte. –Vámonos, es medianoche y deben irme a dejar al pueblo-, ellos obedecieron, fui a pagar la cuenta incluyendo los servicios de habitación y salimos. –Encontraste buena carne-, bromeó uno de ellos, -nunca había galopeado con alguien así-, respondí triste sin poder explicar la razón, el pick up empezó a correr por las estrechas calles de la ciudad. Entre pláticas y bromas llegamos al pueblo donde ellos vivían pero tenían que irme a dejar al mío que está al otro lado del cerro después de pasar el riachuelo, yo les pedí que me dejaran en la casa de mi tío, que vivía en una pequeña hacienda a este lado, así lo hicieron, dieron la vuelta, nos despedimos y se fueron. Yo empecé a tocar la puerta de la casa de mi tío, empero no abría nadie, envalentonado con docena y media de cervezas en la cabeza decidí irme caminando hasta donde moraba; la familia del tío debía estar profundamente dormida para estar pendiente de trotamundos y fiesteros.

Empecé a caminar, la luna opaca medio iluminaba la noche, llegué a la cueva por donde cruza el río y es paso obligado, allí sentí un fuerte olor a azufre como nunca antes había sentido, asustado me paré en una piedra a reflexionar, de repente sentí que me empujaron por la espalda, trastabille y caí en el agua que hervía, sentía el ardor en mis piernas según el agua hirviendo penetraba mis carnes, grité hasta la saciedad para pedir auxilio más mis gritos se perdieron en el silencio de la noche, hice un intento para salir de aquel líquido infierno y descubrí frente a mí al mismo diablo riéndose de mi desgracia, allí estaban sus ojos rojos, sus cuernos elevados y aquella cara tiznada que se confundía entre las sombras, -santo Dios, ayúdame-, exclamé, a duras penas podía mover mis extremidades entre el hervor de aguas, el diablo se carcajeaba con su risa macabra, hice un esfuerzo sobrehumano y me agarré fuerte de una piedra para empujarme hacia arriba hasta que logré salir del agua y me tiré boca abajo sobre las piedras, -eres mío, no podrás escapar-, dijo el diablo a mis espaldas con voz de trueno, -aléjate de mí de una vez, por Dios, Satanás-, dije en voz alta, un gallo cantó en la hacienda del tío, entendí que el amanecer estaba cerca, seguí arrastrándome sintiendo las piernas desprenderse del ardor, llegué hasta un engramado y me quede quieto boca abajo con la intención de quedarme dormido.

Allí me encontró mi tío, le narré como había caído en el agua que hierbe a altas temperaturas en mi intento de irme a casa, él me trajo a este hospital donde me recupero de quemaduras de tercer grado, cuando llegué me ingresaron de emergencia, sentía que la piel se me despendía a medida retiraban el pantalón para curarme, la primer noche aquí vino el diablo a visitarme serio llegó hasta mi cama, yo le sonreí pero hizo una mueca satánica y se fue para nunca volver, suspiro tras suspiro espero el paso de las horas para que me den de alta pronto e ir al bar y preguntar por la negra de la bufanda dorada.

 

Sigue leyendo a Emig Paz  

         

No more articles