Hay países que celebran el fútbol y hay países que, cuando llega el mundial, suspenden la gravedad. En el nuestro, donde conviven el expediente judicial con la nota roja, el narco, el derecho de piso con la economía informal y las desapariciones con el silencio institucional, el balón tiene la virtud de decretar una tregua emocional.

No es que los problemas desaparezcan. Es que, por 90 minutos, solo existe el grito de ¡Gooool!. Y en esa suspensión colectiva, el drama nacional se vuelve insignificante.

Jurídicamente hablando, vivimos en un México que proclama derechos fundamentales vida, seguridad, legalidad pero que con frecuencia litiga contra su propio cumplimiento. La brecha entre norma y realidad no es un tecnicismo, es una experiencia cotidiana. Sin embargo, cada 4 años, México parece suscribir un contrato tácito de amnesia temporal.

Cláusula primera: Creer que la victoria deportiva tiene efecto somnífero sobre la tristeza social.

Cláusula segunda: Suspender el juicio crítico mientras ruede la pelota.

Ya lo decía Octavio Paz, que el mexicano tiene una relación ambivalente con su historia “La sufre y la festeja al mismo tiempo”. Somos expertos en solemnidades y en carnavales, a veces en el mismo día; ahí radica nuestra resiliencia.

No es ingenuidad, es supervivencia simbólica.

Por su parte, Carlos Monsiváis entendió mejor que nadie el carácter festivo-trágico del mexicano. Para él, la multitud no era sólo masa era refugio. En el estadio o frente a la pantalla gigante, el individuo deja de ser una víctima aislada y se convierte en coro, diluyendo la angustia personal en clamor colectivo.

El mundial funciona entonces como un fenómeno casi sociológico de catarsis masiva. Frente a un entorno marcado por la violencia estructural y la precariedad institucional, el fútbol ofrece una narrativa simple 11 contra 11, reglas claras, árbitro visible, marcador objetivo. Un universo donde, al menos en teoría, la justicia es inmediata y el VAR revisa.

Y eso importa. Porque cuando el mexicano percibe que la justicia real es lenta, incierta, o inexistente, la justicia deportiva, que es instantánea y televisada, ofrece una forma de reparación emocional.

No resuelve la crisis, pero suspende el pesimismo.

Algunos dirán que es evasión, pero también es cohesión. En un país fragmentado por desigualdades y desconfianzas, el mundial produce unanimidad espontánea. El empresario y el repartidor, el académico y el taxista, el litigante y el cliente, todos coinciden en la misma exclamación. Por un instante no hay partido político ni tribunal mediático sólo camiseta.

México no es un país ingenuo. Es un país golpeado que cuando puede celebra. Que en medio del ruido institucional todavía se da permiso de gritar con desconocidos y abrazar al vecino extranjero.

Quizá no olvidamos del todo, sólo necesitamos creer, cada 4 años, que algo puede salir bien. Y si el gol cae en el último minuto, con el corazón en la garganta, recordamos que todavía sabemos unirnos por algo.

Aun así, cuando se acabe mundial ojalá no se nos olvide exigir justicia por tanta desaparición forzada, asesinatos, derecho de piso y robos. Pero mientras tanto:

¡Gooooool y que viva México Cab……..!

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