Con un grupo de inversionistas, camuflados en un contingente de turistas, recorrimos parte del salar Uyuni, el más grande del mundo, ubicado en Bolivia, en el mes de enero de 2019.

Pedimos a Jesús, el guía, que condujera lo más lento posible, pues llevaba la camioneta 4X4, cual conductor del rally Dakar que, de hecho, se celebra en esta zona desértica en el mes de enero.  Este año, 2019, no pasó por aquí, pero sí el año pasado.

Nuestro conductor y guía, de tez oscura y renegridos bigotes largos, usa todo el tiempo sus gafas para el sol y un gorro de pescador que le cubre incluso la nuca. Los lentes oscuros son indispensables pues el suelo pedregoso de los alrededores  como el del salar brillan ante la presencia de Inti, el dios sol. Sin ellos, su labor se torna dificultosa.

George y yo, junto con Mary y Estéfany, le solicitamos al guía que nos llevara lo más adentro posible del salar. Él dudó y nos explicó los motivos. Sin embargo, nosotros exhibimos unos cuantos billetes para tentarlo acceder. Su duda no se aclaró. Expuso que es tan vasto el salar que, si no tienes puntos de referencia, te pierdes.  Y agregó: “En cierto punto las comunicaciones caen, y las brújulas se vuelven locas. En años anteriores -prosiguió- teníamos equipos de radio, pero como los dueños de las camionetas no pagaban, las más de las veces, la gente empezó por tomar los equipos de radio para venderlas y así, cobrar la deuda”. Es una triste realidad de esta gente que ante la escasez de trabajo se interna en este desierto, arriesgando incluso la vida – pues hubo casos de vuelcos – intentando ganarse el pan. Tras mucho hablar decidió llevarnos hasta cierto punto y aclaró que tenía comida para 48 horas y agua para un poco más, siempre y cuando lo racionáramos. Pero, trataría de no perderse y volver lo antes posible, pues debía dar explicaciones a la empresa, o sea, a alguien a quien, seguramente, tampoco importaba dar explicaciones.

Lo que siguió del trayecto por el interior del salar pasó de ser una carrera a un paseo tranquilo.  Eso sentíamos en ese momento. Quizás sea porque incorporamos la ingesta de vino, queso y unos fiambres secos que trajimos para la excursión. Jesús, al principio, no quiso aceptar, pero después sí. Todo el camino lo vimos consumir unas raciones de maní con cáscara oscura, de sabor algo picante. Todo el camino, lo ingirió, bocado a bocado, de tres a cuatro manís por vez, como quien masca chicle.

Sobre las 19,30 horas Jesús se detuvo lentamente. Nos miró a todos y nos explicó, pausadamente, que no avanzaría más de esa zona. No es prudente – agregó. El paisaje que teníamos ante nuestros ojos era increíble. Foto tras foto, el paisaje mutaba, se volvía más y más brillante en medio de la oscura noche estrellada. Jesús había conducido en línea recta todo ese tiempo, volvería para atrás en sentido opuesto, siguiendo, en parte, sus propias huellas, una línea imaginaria que nos llevaba a la civilización. Los puntos de referencia que teníamos al principio, se habían esfumado, sólo el cielo estrellado estaba por doquier.

Jesús apagó el motor, después de dar una vuelta en U. Los celulares estaban sin señal. Él subió al techo del vehículo y bajó uno de los tanques de combustible. De la parte trasera de la camioneta extrajo mantas y nos invitó con algo de comida que llevaba allí.

La noche estaba increíble. Las estrellas se reflejaban en la fina capa de agua que cubre grandes zonas del salar, pero no todo. Apenas bajó el sol tras la inasible línea horizontal cayó la temperatura. Intentamos realizar la mayor cantidad de fotografías posibles. Nada nos preparó para lo que sucedió veinte minutos después de detenernos. Cerca de la camioneta se notó, claramente, una suerte de huella en paralelo de algún vehículo.

Era como un par de haces de luz que se formaban, y se extendían en dirección opuesta a la camioneta. Es decir, en el sentido que íbamos, antes de virar. En un punto esas huellas se detuvieron. No sé precisar a qué distancia. Lo miramos a Jesús y él entendió. Entendió nuestro deseo de seguir aquellas huellas luminosas. Y rápido respondió: “No, no voy a seguir esas huellas. Sea lo que sea. No lo voy a hacer”. En ese punto intervino Estéfany y con todo su encanto y voz más sensual posible y otros verdes billetes logró convencerlo. Él aclaró que no era cuestión de dinero, sino de prudencia.  Le rogamos y le dijimos, muy convencidos, de que quizás la gloria estaba allí, unos pasos más adelante. Y que para su familia representaba dinero de uno o dos meses de trabajo duro. Muy lentamente Jesús puso en marcha el motor. Dio vuelta en redondo, y comenzó a seguir aquellas huellas luminosas, paralelas, que despedían una suerte de destello. Anduvimos unos diez minutos tras las líneas cuando simplemente volvieron a extenderse más al interior del salar. En ese punto, Jesús se detuvo y no quiso avanzar. Sin embargo, delante nuestro, por sobre las líneas paralelas, se materializó – porque.. como expresar – que delante de las huellas paralelas vimos un objeto, un vehículo, con forma esférica al principio, que se fue aplastando en tanto pasaron los minutos, pocos. No se veía nada antes, que formaran esas huellas. La transformación siguió rápidamente. Se volvió alargado, cilíndrico, como una suerte de submarino o cohete, metálico. Flotaba sobre la superficie, pero a su paso dejaba esas alargadas huellas en paralelo, sobre la sal, sobre la delgada capa de agua.

Todo el tiempo observábamos esa cosa y no atinamos a registrar fotografías. Como aturdidos,  nuestros sentidos, sin estarlo. Simplemente, asombrados. Cuando quisimos usar nuestras cámaras, éstas no funcionaron. Ninguna. Incluso el motor de la 4X4, se apagó. La luz del coche también.   Por lo que, de aquella experiencia inolvidable, sólo tenemos nuestros recuerdos, ninguna forma material de probar que en esa incursión al interior del salar, tuvimos una suerte de encuentro con algo asombroso.

En breve, estaremos invirtiendo en la extracción de sal, quizás podamos volver a visitar la zona. Creo que hoy me mueve más que esa rentable explotación el descubrir qué era eso que formaba las huellas en el salar, sin tocar la superficie.

Pedro Buda

2020

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