A sus 64 años, y ya jubilado de la centenaria mueblería en donde había trabajado durante décadas, Alfonso se sentía cansado, desmotivado, desganado de la misma vida. Cuatro años antes, había perdido a su mujer por enfermedad. Amó cada segundo de su existencia y estuvo siempre a su lado, pero ya no estaba.

Cuatro años que llevaba echándole de menos con gran fuerza, aquella persona… la más querida. Su hijo vivía lejos, y sólo hablaban una vez al mes. No le decía casi nada para no preocuparle, no quería interrumpir su vida sólo porque la suya le pesara demasiado.

Las cosas de Alfonso

Las cosas de Alfonso

Seguía viviendo en el mismo piso donde se había instalado tras casarse, un piso de reducidas dimensiones pero que a Alfonso se le antojaba enorme.

Las doce y media de la mañana y estaba aún sentado en la cama, despertando de sus sueño, con todo el día por delante y sin saber que hacer con él, como siempre le sucedía. Sobre la mesilla de noche reposaban el paquete de tabaco y el viejo mechero, regalo de aniversario hacía ya mucho tiempo atrás. Tabaco y mechero que observaban a Alfonso con atención y comentaban entre ellos.

 

– Oye, tabaco, ¿tu eres nuevo, no?

– Si…llevo aquí… sólo desde ayer por la noche. Me sacó de la máquina del bar de al lado.

-Ya me lo parecías, por la pinta… Bien, te diré como va esto, que he vivido tantas veces ya. Lo que tienes que hacer es resistirte todo lo que puedas a ser consumido.

– ¿Como?

– No quiero que se te fumen demasiado aprisa, no sería bueno para nadie. Asi que trata de dificultar que te agarre desde el bolsillo. Tiene que fumar un poco menos, yo trataré de hacer poca llama, e incluso escupir la piedra, asi que busca la manera de quedarte en su bolsillo, olvidado a poder ser.

– Vale, pero no me parece que sea tarea fácil.

– Tu hazme caso a mi, que soy el veterano, con más de mil recargas de gas fresco en mi retaguardia.

Alfonso, ajeno a una conversación que no alcanzaba a oír, se levantó y vistió. Sin hacer la cama, salió de la habitación. En la cocina, al ver que no tenía nada que se pareciera a un desayuno, se decidió a bajar al bar.

En el bar, con un café con leche y un bollo, además de un coñac para reforzar, se entretuvo como tantas veces en meter monedas a ratos en la máquina tragaperras. No es que ambicionara el premio que la máquina anunciaba, ni que fuese ludópata, eran las luces, las lucecitas parpadeantes que vle abstraían de la realidad cotidiana del presente y le hacían pensar en otras cosas, más coloridas como las luces. En momentos como esos, su mente viajaba a episodios del pasado, como su breve trayectoria como butanero, la infancia de su hijo, o la época en la que se incorporó a la mueblería, época en la que conoció a la que sería su mujer posteriormente. Diana, la que llenaba su triste pensamiento. Roberto, su hijo, demasiado lejos de el como para contar lo que estaba pasando. En Irlanda nada menos, como jefe de proyecto para unas cosas tecnológicas que no entendía ni le gustaban demasiado.

Se echó la mano al bolsillo en busca de un cigarro que echarse a la boca, pero la cajetilla, siguiendo las instrucciones del viejo mechero que le intimidaba un poco, se ocultaba entre las llaves, la cartera y el pañuelo, agarrándose cuando podía al forro del bolsillo, para apaciguar un poco el ímpetu fumador de Alfonso.

En esos mismos instantes en los que Alfonso desayunaba en el bar, en su piso, encima de aquella misma mesilla de noche, las gafas que había olvidado, daban vueltas a una idea para reconducir a su desdichado propietario. Para ello, solicitó la colaboración activa de otros elementos concretos, los que sabía que podrían hacerle reaccionar de alguna manera. Unos objetos que el propio Alfonso habría olvidado ya, pero que eran importantes y aún lo serían más. Lo sacarían de su actual estado de ruina anímica.

Así, las gafas, que conocían muy bien a su dueño por su prolongado contacto, reveló su idea:

– Vosotros, los habitantes del último cajón, despertad y arreglaos para colaros bajo la almohada para esta noche o antes. Es urgente, hacedlo como queráis, pero hacedlo!

Los del último cajón, los únicos que vivían allí, una gruesa libreta y un bolígrafo usados despertaron un poco sobresaltados después de un largo sueño. Aún estaban algo desorientados, pero habían oído claramente la voz de las gafas y conocían el camino que llevaba al lugar al que debían ir.

 

– Oye libreta, ¿qué coño es esto de que tenemos que meternos bajo la almohada? ¿Hace falta?

– Si, en realidad es imprescindible, aunque tu no te acuerdes ahora. Más de una vez, me he despertado y he oído conversaciones, sé el porque de esta pequeña misión nuestra.

– Misión, nosotros no tenemos ya ninguna misión que cumplir, ni tan siquiera nos dan uso ya para aquello por lo que fuimos creados. Sólo tenemos que quedarnos aquí, dormidos, hasta que Alfonso vuelva a cogernos.

– Pero no lo hará, a no ser que nosotros vayamos a el como nos han dicho. Alfonso ya no es el mismo que una vez fue, ya no recuerda, pero nosotros podemos cambiar eso.

– Nosotros no vamos a hacer una mierda ni podemos cambiar nada, sólo somos objetos de uso común, y sin ningún uso, por cierto.

– No para el. Para Alfonso parece habernos olvidado como ha olvidado otras cosas necesarias y esenciales, pero le haremos recordar. Tu, puedes crear miles de mundos sobre el papel, sobre mi. Y yo… lo que yo contengo y lo que aún puedo contener no tiene parangón para el. Podemos suponer una diferencia decisiva para el.

– Joder, pues no lo entiendo, no veo en que podemos afectar ninguno de los dos.

– Nosotros no, el mismo, pero a través de nosotros puede recuperarse con toda su vitalidad de los buenos tiempos. Tu ven conmigo y pronto verás que tengo la razón de mi lado. Entenderás que no hay límite para nosotros, de aquí a las estrellas. Somos en apariencia tinta y papel, pero somos mucho más. Mucho mas, emociones y esperanzas renovadas, grabadas por siempre en mi interior. Lo entenderás en cuanto suceda.

Las cosas de Alfonso

Las cosas de Alfonso

Tras una jornada de cafés, bollería industrial, algún coñac y escasos cigarros pescados, amenizado por la música de la tragaperras, a Alfonso le dio la una y media. Pagó la cuenta y se fue a casa, despacio, como siempre, medio arrastrando los pies. Subió en el ascensor tratando de no pensar en lo perra que se ponía la vida a veces, cuando le apetecía. Se hizo un bocadillo en la cocina y dio cuenta de el mientras ponía un partido de futbol extranjero para pasar el rato. Cuando le invadió un titánico aburrimiento, intentó huir de el metiéndose de nuevo en la cama, aprovechando que estaba deshecha.

Al dejarse caer sobre el colchón cual sparring al que dejan KO, notó algo duro bajo la almohada. Eran una libreta y un bolígrafo. Miró la portada de la misma y no supo decidir si era o no era suya. Cuando la abrió, reconoció su propia letra, la suya y la de Diana. El sueño, el aburrimiento, y otros pesares desaparecieron, se evaporaron con el hallazgo que captaba toda su atención. Todo volvió. Esa vieja sensación de poder volar como cuando ella estaba viva y a su lado, regresó. La sentía de nuevo a su lado, aquella libreta era la eterna crónica de una intensa felicidad compartida, así como los escritos.

Tras más de una hora de intensa y emotiva lectura, levantó la vista con los ojos húmedos por la emoción, pero también brillantes, cargados de la chispa de la que había carecido durante todo aquel tiempo. La chispa había vuelto a su mirada y a su ánimo. Decidió hacer una serie de cosas que surcaban su mente, como acabar la libreta él mismo, bolígrafo en ristre. Pero antes, otra cosa más inmediata. Posó la mano sobre el viejo teléfono fijo. Esta vez, no iba a estar mano sobre mano esperando que su hijo lo llamara, lo haría el mismo, y esta vez si que tenía cosas que contarle.

En su mano, el bolígrafo sonrió, entendiendo la jugada urdida por las gafas, y las palabras de la libreta, la que le sonreía, satisfecha.

 

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