La Colegiata de San Pedro, comenzó a levantarse en 1129, sobre un primitivo monasterio mencionado en un documento del año 999,  estando compuesta por una sola nave, y teniendo un ábside semicircular y una bóveda de crucería y en la parte exterior se destacaba una magnífica portada de tipo abocinado, en la que sobresalía un maravilloso tímpano y dintel, mostrándose también abigarrados motivos vegetales y hojas entrelazadas de cierta reminiscencia mozárabe. Es célebre su colección de canecillos, distribuidos bajo la cornisa, habiendo muchas representaciones de contenido amoroso u obsceno,, que se alternaban con motivos vegetales y representaciones de animales, y ¿Dónde pondría él sus dotes de muy buen fotógrafo, a fin de atrapar atmosféricamente las suntuosas maravillas de toda Cantabria? Habría seguro que dar motricidad a su cansino cuerpo e ir aleatoriamente hacía Comillas, cuya leyenda decía “ Cin… comillas”, cruzando infinidades de verdes pastizales, donde apacentaban tranquilamente tantas vacas de raza tudanca, cuyo lugar conserva un gran legado arquitectónico del modernismo catalán. En un ápice, ya sacaba él su cámara de su tan verdeante mochila trotamundos ¿Qué vería por tan excéntrico encuadre? Sin duda alguna, vería de forma tan arrolladora, el complejo, suntuoso y original capricho del gran Gaudi, La Villa Quijano, que junto con el Palacio Episcopal de Astorga, la casa de los Botines, en León, era una de las tres únicas obras arquitectónicas de este genial arquitecto catalán, que habían sido construidas fuera de la conflictiva Cataluña.  Miraba él, tan detenidamente al pórtico del excéntrico El Capricho de Gaudi, trasmutado en un palacete genial y extravagante, en la que reflejaba su tan desbordante imaginación, enaltecido  con sus erectas columnas, fascinado por la  mezcla de estilos de reminiscencias orientales y neogótico, que parecían sacados de un trepidante mundo onírico y no de la propia realidad, exaltando  un gran repertorio de todos los elementos favoritos de Gaudi, en donde se resaltaba  creativos juegos de volúmenes y la torre cilíndrica, ornada de flores,  estaba revestida de azulejos cerámicos, asemejándose  a un faro surrealista, con su tan fantástico pináculo, realzando visualmente evidentes influencias árabes, en donde las “ventanas musicales”, emitían ciertas  notas con el juego de contrapesos, en cuyas tan refinadas y muy luminosas vidrieras, era posible contemplar ciertas especies de animales, que arrancaban ciertas notas musicales a los más variados instrumentos, en donde un pájaro tocaba un teclado y una libélula hacía lo mismo tocando la guitarra, en cuyas fachadas los contrapesos de las ventanas representaban simbólicamente tubos de metal, que emitían etéreos sonidos, exaltado estéticamente con tan bellos motivos florales estampados en sus muros, siendo uno de los edificios más emblemáticos de la primera época de Gaudi, justo cuando transcurría su etapa artística, caracterizada por un “modernismo experimental”,  cuando  solo tenía 31 años de edad.

Galopando infinitamente por el imperceptible túnel del tiempo, cruzaba él ahora la ruta del Camino de Santiago por el norte, pasando efímeramente por verdeantes pueblos detenidos en el tiempo, llegando por fin a la ciudad de las tres mentiras, Santillana del Mar, Sancta Iuliana venida del mar, pues ni era santa, tampoco era llana y por fin no estaba tampoco bañada por el mar Cantábrico, pero en sus empedradas calles sí que se alzaban muchas viviendas de pasado noble, habiendo también algunos edificios de cierto abolengo, engalanados con tantos escudos blasonados en todas las  casas construidas en piedra, que todavía parecía estar eternamente anclada en el siglo XVI, en donde algunos balcones forjados en hierro, estaban impregnados de tan deliciosas fragancias florales. Caminando despacito y escuchando el silencio, en días de tan radiante primavera ¿Qué haría él para rellenar su efímero tiempo en el palimpsesto medieval de Santillana del Mar? Pues pincel en mano, para captar el color y el calor de esta insigne villa medieval, nacida en el momento en que un grupo de monjes procedentes de Asia Menor, fundó un pequeño cenobio, para custodiar las reliquias de una santa llamada Juliana, martirizada durante las persecuciones del emperador Diocleciano, pintaba él en acuarela, al cautivante espacio del claustro románico de la Colegiata de Santa Juliana, obra cumbre del singular románico cántabro,  situado junto a la fachada norte, cuyo núcleo más antiguo databa del siglo XII, considerada como una fascinante joya artística, debido a unos hermosos capiteles historiados, que coronaban erectas columnas,  en sus galerías oeste y sur, formando junto con los de motivos geométricos, en la galería norte, un sobresaliente repertorio escultórico e iconográfico, habiendo motivos vegetales, bíblicos, geométricos o alegóricos, que sorprendían visualmente por su tan excepcional belleza . Al terminar de hacer un rápido boceto pictórico de este tan valioso claustro, se ponía él dando efectos de movimiento y relieve, a fin de ocupar otro espacio efímero, pues se dirigía hacia la tan célebre cueva de Altamira, “ La Capilla Sixtina del Arte Rupestre”, que constaba de tres tramos principales: el Gran Salón de los  frescos policromos, compuestos de veintisiete bisontes, cuatro ciervas, un ciervo y dos caballos, cuyo grupo más magistral era el de los bisontes policromos, que se percibía como un conjunto coherente, habiendo sido creado por un único artista, planteando complejas cuestiones artísticas en términos de proporciones, dando énfasis a las relaciones entre los individuos de la manada y teniendo el suporte de piedra en el que se integraban todas las representaciones pictóricas, cuyos relieves naturales fueron debidamente aprovechados para conseguir una sensación más completa en términos de movimiento y volumen, en donde habían unas 150 representaciones pictóricas, fechadas en dos periodos del Paleolítico Superior: el magdaleniense inferior y solutrense, cuyo gran techo conservaba el más gran repertorio de arte rupestre conocido hasta la fecha,  ejecutado hacía unos 15.000 años y que hoy en día para no producir ciertas alteraciones en cuestiones de estructura y microclima, que hacían peligrar la conservación de susodichas obras, fue necesario cerrarlas al público, indefinidamente ¿Qué haría él, para poder verlas in situ?  Con determinación ya iba hacia la Réplica, para apreciar con denodado desfrute estético las pinturas del Gran Salón, en donde de forma didáctica, se divulgaba ciertos modos de vida del cuaternario. Con el tiempo cambiado y tras haber vivido interiormente la placida vida pasiega, acompañando a un pueblo ganadero, que logró adaptar la vaca holandesa a unas alturas superiores a los mil metros, mediante un sistema de estabulación en cabañas- siendo una de las más bellas escenas trashumantes- diseminadas por la montaña, a distintos niveles, viviendo un cierto nomadismo de una cabaña a otra que todavía pervivía en la actualidad… cuando en una hora cambiada, miraba el primer mapa de América, del año 1500, cuyo autor fue Juan de la Cosa, un marino de primerísimo nivel, pues acompañó a Colón,  en su primer viaje, pilotando la nave Santa María… analizando detenidamente “La carta de marear de las Indias” ¿Dónde apuntaría su incesante brújula, de creación de una vida justa, en su trashumancia existencial? La Hora.

 

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