Audio de Virginia Gawel. Meditación El Crítico Interno
Audio de Virginia Gawel. Meditación El Autosaboteo
Durante toda nuestra vida estamos en un eterno diálogo con nosotros mismos, muchas voces conviven en nuestra mente y emiten juicios y apreciaciones acerca de las decisiones que tomamos, nuestras acciones, las relaciones que entablamos con otros y con nuestro entorno. Cuando alguna de esas voces adquiere un tono severo y acucioso, creemos que es nuestra conciencia señalándonos los errores que cometemos o que estamos por cometer.

Pero ¿por qué la voz de la conciencia tiene que ser una voz de reproche? Es posible que esa voz que identificamos como nuestra conciencia sea el eco de otras voces, que estamos acostumbrados a escuchar desde la infancia y que son el producto del diálogo interno de otras personas; aunque en su momento no pudiéramos discernirlo para desvincularnos de esa proyección y la asumiéramos como una escala de valoración personal. Muchos de nosotros hemos conocido a gente autoindulgente, esos que siempre están en plan de justificarse y culpabilizar a los demás. Así cargamos con miedos, odios, inseguridades y complejos que no son nuestros y que empañan la apreciación que tenemos de nosotros y nos instalan un par de montañas rocosas en el camino.
Vivimos en un mundo competitivo que fomenta la rivalidad como conducta indispensable para triunfar, “ser el mejor” es casi una misión sagrada que se transforma en una maldición, buscamos ajustarnos a unos estándares de calidad como si fuéramos el producto de una fábrica, hecho al por mayor. Adoptamos patrones de perfección para juzgar el propio desempeño en todos los aspectos de la vida, y es cierto, a veces, son un incentivo para atreverse a ir más allá de los límites, el peligro es crearnos una imagen idealizada de nosotros mismos a partir de ellos, y utilizarlos para alimentar expectativas fugadas de la realidad. La autoexigencia extrema también es una forma de maltrato. Es ahí cuando los patrones de perfección se condensan en la figura del juez supremo, que siempre está presente para criticar con mezquindad nuestros esfuerzos y menospreciar nuestros logros, dejándonos paralizados en el miedo a equivocarnos.
Para este juez, nada es suficientemente bueno, y como nada basta, algunos llegan a pensar que lo mejor es dejar de intentarlo. Aquí el crítico interior adquiere la forma de un verdugo implacable, siempre al acecho para cortar con su guadaña cualquier brote de hierba verde, dejando nuestros campos en una eterna sequía.
Cuando le permitimos al crítico interno llevar la batuta de nuestra vida, cada uno de nosotros, se convierte en su mayor obstáculo para avanzar. Hay dos impulsos que siguen direcciones opuestas y el resultado es dolor y frustración, porque conscientemente nos esforzamos por alcanzar unos objetivos, pero a nivel inconsciente nos saboteamos. A veces, ni siquiera es tan inconsciente, sin embargo, justificamos esa crítica destructiva constante.
«Cuando alguna de esas voces adquiere un tono severo y acucioso, creemos que es nuestra conciencia señalándonos los errores que cometemos o que estamos por cometer.»
Podemos imaginar al crítico interior, personificado en la figura de un juez, y aprender a observarlo, tomando distancia de sus señalamientos y exigencias abrumadoras, para educarlo en la gentileza. A medida que abandonamos esa pauta de autoreproche, nos percatamos de que el juez es una persona más, y que fuimos nosotros quienes lo investimos con el poder de herirnos y así mismo, podemos quitárselo. Ya no nos encontramos en el banquillo de los acusados y podemos mirarlo de igual a igual, e invitarlo a conversar como un amigo más.
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