“Érase una vez, una alegoría, dedicada a la tan renacida primavera”.

La Aurora. En aquel tan precioso momento, en un ápice, ya iba ocurriendo la tan cálida recepción de melifluos y tamizados juegos de luces, trasmutados de fascinantes tonos suavemente cálidos, cuya tenue y tan bellísima luz solar, de forma muy evanescente, continuaba aglutinando en todo su resplandeciente y estallante seno, bajo un descomunal huevo cósmico, tan enorme multitud de inextricables misterios. 

Era como si fuera…

una expresiva y simbólica obra de arte en movimiento”,

que se transmutaba en una deliciosa composición sobrehumana hecha de imperceptibles imágenes, mostradas subrepticiamente en una de las misteriosas tramas originales de la longitud de onda 171 Angstrom.

De aquella vez, iba rociando de opulenta y  fantástica luz ambarina y algo irreal, todo el palimpsesto de  la histórica e impresionante ciudad de Pérgamo, ceñida desde tiempos inmemoriales en el punto neurálgico del emplazamiento de ancestrales y esplendorosos monumentos, que hicieron parte del deslumbrante Yacimiento Arqueológico de Pérgamo, cuya apoteósica edificación tuvo siempre bien presente todo el luminiscente y alargado recurrido del Sol, que se transcurría panorámicamente por el incomparable e inefable marco de indescriptible belleza, que iba conformando muy dignamente todo el excelso y fascinante entorno de esta  legendaria ciudad helenística, cuyo apogeo se produjo entre el reinado de Alejandro Magno y la dominación romana de Asia Menor.

Estuvo Pérgamo, suntuosamente enaltecida por una auténtica maravilla arqueológica, reflejada en su tan impresionante Asclepion, en donde antiguamente se llevó a cabo de forma tan soberbia e innovadora, una prolífica sanación mediante la interpretación de los sueños, en el templo de Telesforo, que eran analizados simbólicamente por sagaces sacerdotes médico-religiosos.

Y la antigua Pérgamo, también debió su prosperidad a Lisíamaco, uno de los generales de Alejandro Magno, que controlaba la mayor parte de la región del Egeo, cuando se desmoronó el extenso imperio tras la muerte del macedonio, ocurrida en el año 323 a.C, haciéndose con un gran tesoro que guardó en Pérgamo antes de partir para luchar contra Seleuco por el dominio de Asia Menor.

Se dio énfasis al trazado de sus calles principales, conformadas por los romanizado cardus y decumanus,  perfectamente orientadas según la orientación geográfica de los puntos cardinales de la Tierra, pues todos los antiguos templos de Pérgamo, como el Asclepion, respetaron fidedignamente la salida y la puesta de sol, porque el cálculo del tiempo cronológico fue siempre confiado al curso del rutilante Sol, leído mediante enaltecidos y geométricos relojes solares, inmersos de forma  intangible en la constante medición de un tiempo de orden cósmico.

Tan brillante pasado helenístico de Pérgamo, estuvo también connotado como el crucial epicentro religioso, donde se había fundado una de las siete iglesias de Asia Menor, citada bíblicamente en el “Apocalipsis de San Juan y que durante el siglo II d.C. había adquirido una enorme importancia convirtiéndose en el punto de encuentro de grandes filósofos y notables sabios, enaltecidos por el gran anatomista Galeno (131-210 d.C.) que nació en la ciudad, estudio en Alejandría, Grecia y Asia Menor, llegando después  a crear su “Escuela de Medicina” en la ciudad de Pérgamo, para curar a los embravecidos gladiadores.

Su tan preciosa luz, se iba transformando de forma tan mágica, según las diversas horas del día, siendo entonces cuando todos los translucidos mármoles ya brillaban impetuosamente con el Sol alto del mediodía, mientras que en la plácida ocasión en que se discernía el indeleble ocaso del día, se encendían entonces luminiscentemente de fogoso calor todas las rocas areniscas, todos los adoquines y todas las sienitas.

Asimismo, si un grupo de nubes ocupaba una parte del pulpito del cielo azulenco, siendo traspasadas por algún inclinado rayo solar, entonces todos los contrastes se iban tornando exquisitamente mucho más intensos y los claroscuros iban creando milagrosamente tan sublimes juegos de luces, entre los ufanos propileos y las elegantes e hieráticas columnatas, siempre materializadas con tan sutiles e intangibles efectos ópticos, eternamente basados en la exotérica profesión divina de tan grande arquitectura clásica.

 

Sigue leyendo a José Manuel da Rocha

No Hay Más Artículos