Cuando uno empieza a darse cuenta de que el tiempo, compañero de andanzas de toda la vida, nos va dejando atrás, tal vez, porque no queremos ir a la par, o tal vez, porque ya de plano no queremos que avance, nos da por enumerar las pocas cosas que nos sigue permitiendo hacer.

La vejez, es una condición mental, dicen algunos, aquellos a quienes la vida parece sonreírle cada mañana al despertarse y el tiempo se vuelve amable a su paso, aun cuando la edad cronológica que les cuelga del rostro marchito sea un pliegue de almanaque amarillento y triste, reflejándose como una hoja quebradiza de árbol centenario que ya le anda por querer desprenderse cuando siente la pasada del viento complaciente que le roza con más intensidad, al oír esta particular solicitud: “Arráncame del tronco y llévame a planear hasta lo más alto y desde allí me sueltas que yo sabré descender hasta la superficie”. Por eso, a quienes no les cuadran estas sensaciones felices, cualquier cosa, por muy efímera que sea, les produce un goce que se traduce en un bienestar momentáneo y busca saborearlo hasta el fondo del tarro que lo conserva.

A los que sienten día a día el empuje imparable del tiempo real de la vejez, sepan que hay algunos detalles por allí, perdidos entre las brumas que nos rodean y que se reservan como un obsequio para nosotros, siendo lo más parecido a una sensación placentera. Como, por ejemplo, que da placer acostarse con sueño, así te despiertes una o dos horas después, porque te apuran las ganas de orinar. Que da placer querer quedarse en el lecho, apenas despunta el día, sobre todo, si se es cobijado por una manta térmica cuando el aire frío del amanecer vuela bajito por las rendijas de puertas y ventanas y se mete por lo que vaya quedando al descubierto en cada vuelta que damos en la cama. Que da placer levantarnos sin sufrir algo de vértigo que nos haga apoyarnos en la puerta entreabierta del sanitario. Así como también nos es placentero salir duchado y ya lavados los dientes que aún se mantienen firmes en las encías, porque es un punto de aproximación a un bienestar anhelado.

Cuando cumplimos con ese ritual y comprobamos que nos emociona, porque vivimos en su totalidad esas sensaciones, de seguidas, al salir a saludar al nuevo día, se siente un disfrute al recibir los primeros rayos de sol que nos choca con una tibieza que penetra los huesos que los esperan, como las crías de aves esperan el alimento maternal.

Si, por fortuna, tenemos nuestro hogar en la costa marina y desde la terraza divisamos toda la franja azulada que se extiende a lo más lejos que podamos percibir, nos emociona ver esa línea inconmovible y nos sirve de higiene mental, convirtiéndose en un placer porque nos permite traer recuerdos que, a esa edad, afloran, como queriendo mostrarse en la pantalla de una memoria que parece irse borrando. Eso es, sin duda, un placer que atesoramos. El mismo mar que nos toca, cuando podemos acercarnos a su orilla ya sea en un amanecer o en un atardecer y escuchamos el sonido constante de sus olas al romperse, nos proporciona una quietud que bien pudiera considerarse como un placer brindado y aprovechamos para poner en práctica una actividad frecuente en esas condiciones, como lo es la meditación sobre los recuerdos que brotan de las disciplinas orientales milenarias que envuelven la mente y se nos muestran para hacernos saber que siempre hemos escondido un patrón de comportamiento y actitud que no pudimos o no quisimos desarrollar en época de mozo y pareciera que ya se ha hecho tarde para ello.

En la aparición de esos recuerdos tiene especial satisfacción, como una pizca de tranquilidad, que también es un placer, comprobar que aún recitamos los nombres completos de todos nuestros parientes muertos y los ubicamos sin errores en el panteón familiar y se lo hacemos saber con frecuencia a nuestros descendientes. La memoria que conserva la esencia ancestral debe mantenerse de una generación a otra. Así se guarda el nombre familiar, para que permanezca.

La naturaleza que nos rodea con sus innumerables elementos, ya sea animal, vegetal o materia inanimada, y nos brinda detalles que nos envuelven, haciéndonos vibrar como integrantes de todos esos elementos y el intercambio que hacemos con ella, contribuyendo con el dinamismo ambiental diario, nos dice que, aun en las postrimerías de una vida andada, ya haya sido con mayor o menor acierto, la acción de ser partícipes de los hechos, también puede anotarse como una sensación placentera, porque la contribución que aportamos nos hace sentir bien y eso es un placer que nos reconcilia con nosotros mismos. Es allí cuando nos permitimos el disfrute de una llovizna tierna que nos salpica el rostro o cuando escuchamos con atención el bullicio de los pericos silvestres cuando bajan de la montaña o la algarabía que traen las guacharacas que se posan en las ramas de los árboles frutales que, por su parte, siguen dando su cosecha anual, como pagando el tributo por vivir en el patio solariego de la casa vieja. Es un goce ciertamente que disfrutan aquellos que viven entre el mar y la montaña.

Hay seguramente muchos detalles diarios y muy personales que se convierten en un goce, en un placer para vivir, porque nos hace sentir que cada día nos renovamos, en una oportunidad de seguir lo que nos queda de vida.

Pero ¿Y la comida, como placer de disfrutarla?, ¿ Y la música que nos inunda el alma por el canal laberíntico de la audición, tocando sutilmente la fibra nerviosa cerebral que vibra con la melodía que nos deleita?, ¿Y la actividad sexual que nos inquieta mentalmente cuando sentimos, así sea cada vez más esporádica, esa ansiedad de revivir momentos de pasión?, para esos ratos en que buscamos esos otros disfrutes de lo que nos brinda la vida, sentimos que el alejamiento de esos actos nos ha ocupado, nos ha arropado, porque, entre otras cosas, las consecuencias que pudieran derivarse de esos fugaces momentos pesan para ya no atreverse a dar ese paso. Si es en la comida, dicen que para vivir más, hay que comer menos.

Bueno, la moderación en lo que ingerimos, es un consejo sabio, porque nuestros mecanismo estomacal e intestinal, va disminuyendo su accionar y el desdoblamiento de los alimentos en sustancias más simples para su asimilación se convierte en un rodar de roca, ascendiendo la pendiente. En la música, el placer de oír una melodía de fondo a tenue luz de ambiente solo se resquebraja cuando el receptor auditivo se ha deteriorado a tal magnitud que no ya no sabemos distinguir un compás, un ritmo o un arpegio en los sonidos que nos llegan lejanos, sobre todo, si tuvimos alguna vez la condición deliciosa de entonar con vibración de voz armoniosa, la nota musical que nos envolvía.

Felices sí, aquellos que el goce de una jornada sexual completa no les acarrea secuelas preocupantes en la salud, pero quienes llevamos un meticuloso régimen de píldoras y medicamentos para controlar puntuales dolencias, vamos dejando atrás esas sensaciones y preferimos llegar al atardecer enfrascados en la lectura de un buen libro y nos lleva a pensar que el disfrute de esas pequeñas cosas es suficiente para hacernos sentir bien.

Es lo que llamamos con consciente resignación: El reposo del guerrero. Así vamos quedando.

 

 

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