Como usted, como yo, la Santa Iglesia también tiene padres: son los ocho doctores. Cuatro de la Iglesia Griega y cuatro de la Iglesia Latina.

Se me dirá, ¿cómo, habiendo tantos insignes pensadores y apologistas, se toman esos ocho nombres? Respondo: los ocho son los únicos que reúnen los tres requisitos de los decretos de Bonifacio VIII (1298) o Benedicto XIV para ser declarados “doctores padres” de la Iglesia, y son: eminens doctrina, insignis vitae sanctitas, Ecclesiae declaratio: enseñanza eminente, vida de santidad y declaración expresa de la Iglesia a través de su autoridad indiscutida, el papa.

Doctores de la Iglesia de rito Latino:

– San Gregorio I el Magno, papa.

– San Ambrosio de Milán.

– San Agustín de Hipona.

– San Jerónimo de Estridón.

Doctores de la Iglesia de rito Oriental Ortodoxo:

– San Juan Crisóstomo.

– San Basilio el Grande.

– San Gregorio Nacianceno.

– San Atanasio.

Como es de presumir, los ocho padres doctores opinaron sobre el tiempo y la eternidad en un territorio social (el mundo romano) en el que todavía respiraban las distintas escuelas heredadas de Grecia. Roma no produjo ningún filósofo original. El Lucrecio del Rerum Natura continúa la herencia de Epicuro, como él mismo lo escribe en su tratado; Cicerón y Séneca trabajan como recopiladores un poco desordenados y forasteros de los sistemas filosóficos griegos, y nadie propone algo original. Marco Aurelio y Epicteto, no hace falta decirlo, continúan la tradición de los estoicos, todos preocupados por afinar las fronteras de las distintas éticas, ya que el romano, pueblo práctico, no consentía el abuso de las especulaciones metafísicas y menos aún la Ontología. Querían desarrollar doctrinas que tuviesen una aplicación práctica inmediata, por eso descollaron en jurisprudencia, buscando fijar normas para la conducta humana.

En este clima conflictivo se injertó la yema del cristianismo, que proponía un cambio radical en la relación con la ley, eliminando la ley divina a la que propuso reemplazar por el amor, y relegando la ley civil al dominio del Estado. Con unos cuantos textos dispersos, la doctrina se fue predicando entre las clases bajas primero y fue subiendo en la escala social sin que Roma viera amenazada su potestad. La prédica de los apóstoles comenzó en las provincias hasta llegar a la ciudad de Roma, que era lo que les interesaba. En todo ese movimiento, la doctrina corría el peligro de descarriarse y mucho más cuando contenía conceptos un poco escandalosos aún para la mitología de le época que admitía fácilmente el nacimiento de mellizos (Cástor y Pólux) salidos de un huevo, pero les resultaba sospechoso un embarazo mediado por una paloma.

Yo creo que la mitología griega llegaba al pueblo como un gran relato que todos sabían fantástico, y así lo admitían. Pero el cristianismo ofrecía un catecismo adusto y severo que repudiaba las confusiones entre el plano real y el simbólico; el cristianismo aseguraba que la fecundación de la Virgen no había sido humana, que el Hijo era hombre y dios al mismo tiempo y, no obstante ser inmortal, había fallecido en el patíbulo confundido entre dos malhechores. También impugnaba la fuerza de las matemáticas enseñando que Dios era tres personas pero las tres eran una sola. Exigía creer estos relatos como verdaderos porque la recompensa que les iba unida era la vida perdurable en canje. Cuando los prosélitos discutían estas fábulas como lo hacían en el ámbito pagano, los catequistas se enfurecían y amenazaban expulsarlos; no se podía tomar en broma una enseñanza de tal rigor.

A las complejidades mitológicas se les agregaba la vaguedad de los textos, y ya al comenzar el siglo II empezaron a brotar interpretaciones oblicuas, o intentos de mezclar la doctrina con residuos del paganismo moribundo. Y también aparecieron los primeros detractores que trataron al naciente cristianismo del mismo modo que trataban a todos los credos que pululaban en el mundo romano de la época: con burlas, calumnias y la ironía del escepticismo, para poner a prueba las creencias. Luciano, el médico romano Celso, Jámblico y Filóstrato fueron los primeros fiscales del naciente cristianismo.

 

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