Una inspiración más… una espiración menos… y el reloj en el cajón. Poco a poco pasaba la noche sin estrellas, y en algún lugar, el arca del último viaje esperaba paciente a su pasajera...
Muchas veces la vida se asemeja a un carrusel de feria, de esos que tienen tacitas que giran sobre sí mismas... Recuerdo que cuando era niña, la llegada de la feria a la ciudad significaba el comienzo de la estación de las hojas. Por una ficha un viaje, aunque si comprabas un bono de 10 fichas te salía mucho más barato cada viaje.
Es curioso la cantidad de cosas que se pueden descubrir en un momento, si en lugar de solo mirar, intentamos ver más allá…
7:30 de la mañana, estoy parada en el semáforo de todos los días con la mirada y la mente perdidas en un mar de pensamientos, que se suceden de forma desordenada y bombardean mi cerebro. ¡Pero qué sueño tengo!
Estábamos deseando que llegara junio para tener las tardes libres y subir a casa de la yaya Teresa, donde nos reuníamos todos los primos y estábamos hasta bien entrada la noche compartiendo juegos, risas, pan y queso.
Se despertó como siempre, con el trino del mirlo que le anunciaba como cada amanecer, el inicio de un nuevo día... Sin embargo, se resistía, como cada mañana, a abrir los ojos y volver a despertar.
Como se me había hecho tarde y la conferencia sobre salud mental ya había comenzado, decidí darme un garbeo por las instalaciones del Hospital. Los pasillos eran largos, oscuros y secretos. Por ellos deambulaban los habitantes de este mundo extraño y seductor. Sus pies se arrastraban por el suelo, sus voces rebotaban en el techo, y sus vidas y sus almas chocaban contra las rejas de las ventanas.
La inmensidad nos engulló. El silencio nos hacía daño en los oídos. Concentrados en el caminar cadencioso de nuestros dromedarios, escuchamos a lo lejos el canto de las dunas que pronunciaban nuestros nombres. Nos sentimos tan pequeños y tan grandes como el Djinn de una lámpara maravillosa. La arena danzaba, mientras el sol se acurrucaba en el horizonte.
Martina no podía creer lo que veían sus pequeños ojos verdes. Gigantes de madera que sujetaban lo que a ella la parecieron millones de libros de todos los colores del mundo, muy apretados unos contra otros, que sólo dejaban ver un trocito de sus lomos. Hermoso cuento de Lola Ligia Estevan.
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