Dos amigas, Floralba y Magnolia, eran también vecinas y comadres. Esto hacía que la relación de amistad se viera reforzada de una manera sólida; sin que hubiera nada ni nadie que osara perturbarla ni, mucho menos, resquebrajarla.

Era tan estrecha esa relación que, en lugar de mandar a hacer los consabidos muros de concreto para separar las casas, construyeron jardineras en los límites de sus propiedades y colocaron setos de cayenas para que marcaran los linderos. Aquellas plantas pasaron a ser propiedades comunes, por lo que su cuidado se lo distribuían las dos alternativamente o al mismo tiempo, eso no era ningún problema. Así, ambas se ocupaban del abono y poda para tenerlas siempre a tono. Las plantas a su vez retribuían ese cuidado, dando hermosas flores, de un rojo intenso que atraían mariposas danzantes para presentar un ambiente lleno de colorido y equilibrio natural alrededor de las casas. En ocasiones, una se ocupaba de recogerlas y preparaba sendos floreros que la otra llevaba hasta la pequeña iglesia de la comunidad, para ofrendarlas en el altar de la Sagrada Imagen de la Virgen.

Lo dicho, la actividad diaria de ambas señoras era un ejemplo de perfecto equilibrio y ponderación de trato entre ellas y todo el vecindario. Pero como siempre sucede, aquel modelo de comportamiento no era celebrado de manera unánime por los demás. Alguien se sentía molesto porque consideraba que la vida no es así como ese cuadro armonioso. No, la vida real, la que se vive día a día, distaba mucho de aquella placidez que sólo se ve en las escenas radiantes de algunas películas. ¡Vaya usted a saber por qué!

Un día, Floralba y Magnolia tuvieron que salir al centro del pueblo a realizar algunas compras. Esto lo aprovechó la persona que, desde lejos, veía con ojos de envidia la relación de hermandad y la comunicación abierta de las dos. Sin pensarlo otra vez, al verlas alejarse en el colectivo que las llevaría hasta su destino, se acercó a la jardinera común y plantó entre ellas una estaca de rosas blancas. Esperaba con esto que, al pegarse, escondida entre las cayenas, floreciera para dar un contraste entre tanta uniformidad y así provocar la incomodidad de las amigas.

La vista de ambas no era precisamente, el mejor de sus sentidos, pues, ya habían dejado, con mucho, el tiempo en que la visión podía distinguir cualquier anormalidad en un radio de acción bastante amplio. La estaca pegó y comenzó a crecer, surgiendo como una mancha (todavía no brotaban las rosas) entre tantos verdes y rojos.

Aquello no pudo pasar desapercibido, preguntándose en silencio, cada una, si la otra había dejado por descuido un rosal dentro de las cayenas o lo había sembrado a propósito para romper la uniformidad de la jardinera. Se empezaba a gestar un sentimiento de malestar que amenazaba con hacer tambalear la relación fraternal más sólida en toda esa comarca. Triunfo para la envidia, por los momentos.

Cuando se dio la primera floración, como por arte de magia, el total de rosas blancas se veía por igual de lado y lado del lindero. Eso pudo borrar el resfrío de las relaciones porque ambas contaban con la misma cantidad de rosas para sí. Sin embargo, los vecinos que pasaban por allí, notando la distorsión entre las flores rojas y blancas, hacían comentarios en voz baja sobre la incapacidad de las dos amigas de distinguir una cayena de un rosal.

Decidieron sacarla, pero como no querían desprenderse de aquel exuberante rosal, plantado por quién sabe quién, echaron un volado para determinar de cuál lado se iba a sembrar. Resultó Floralba la afortunada y la sembraron del lado de su propiedad.

Esperaron el tiempo transcurrido para darse una nueva floración; pero esta vez no apareció ninguna flor. Volvieron a sacarla y la sembraron en el patio de Magnolia. Nuevo misterio, tampoco esta vez hubo floración alguna. Ante aquella determinación y contra los comentarios de familiares y amigos, la sembraron en su posición inicial: entre las cayenas y cuando se llegó el nuevo período de floración ¡Sorpresa! La planta había sacado el mejor rosal (equitativamente de lado y lado) que se pudiese imaginar.

Ahora, la demanda por ver el rosal que florece entre las cayenas, va creciendo y hasta han pensado en poner un precio por la entrada, ante aquel espectáculo que brinda la naturaleza. Claro que a esto no llegarán, conociendo el grado de desprendimiento de las dos amigas. ¿La persona que les sembró la estaca del rosal? Ha tenido que hacer la larga fila, como todo el mundo, para ver el espectáculo. Derrota para la envidia. ¿Cómo les parece?

 

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